Monday, December 10, 2007

El escondite inglés

"¡Cuenta hasta diez!" me gritan y me pierdo en el siete así que me aguanto la respiración un rato y me doy la vuelta cuando me parece. No hay nadie. Solo el árbol y yo y me siento a esperar a que se descubran por sí solos. "¡Tramposo! ¡Has de moverte!". "¡Yo ya no quiero jugar! ¡Esto es un rollo!" y me voy silbando detrás una gata que pasaba por allí. Aunque es mentira. Sigo jugando pero ellos no lo saben. Forma parte de un plan maléfico en el que al final todos quedan atrapados y ¡espera, corre, da igual! "¡undostres Clara! ¡Detrás del cubo de basura!". Así que va a ser ella la próxima en pillar y ya no me interesa si Max se quiere hacer el interesante y esconderse en el sitio ése que dice que solo él conoce y que cuando le seguí la última vez me pegó una paliza y luego mamá me riñó por llegar a casa con el labio partido. No es justo si es más grande que yo, no es justo porque corre más y cuando le veo que se acerca ya es tarde y no soy capaz de llegar al árbol antes que él y se ríe y yo solo puedo mirarle con odio y con el mismo fuego en los ojos que años después reconoceré al escapar de la concha y la arena y las olas, pero eso no lo sé y me toca esconderme y el corazón se me acelera mientras no encuentro dónde y finalmente veo un saco grande al que voy corriendo y me meto dentro porque sé que allí no me buscarán.
Pero no me quedo, hay demasiada gente. Me miran todos con cara de incredulidad, como si yo no tuviera derecho a estar aquí dentro. Veo sus grandes ojos como platos y aunque reconozco a algunos al resto no y tampoco quiero estar con ellos porque sé que soy diferente aunque a veces me mires con esa mueca de amargura en que me odias tan igual a los demás y se me rompe el corazón y luego otra vez y otra hasta que pido basta.
Total, que me quedo fuera del saco y lo miro fijamente y me olvido de todo porque aún no soy mayor para concentrarme en las cosas importantes y sin saber por qué le pego una patada pensando que a lo mejor le doy al que más se lo merece y que se joda el muy cabrón.

Cuando me doy cuenta de lo que he hecho me voy corriendo quedándome a medio camino entre la satisfacción y el miedo y el desconcierto y el valor de hacer lo que está mal hecho y cuando me paro y veo que realmente estoy en medio de la explanada como una estatua de piedra oigo algo que me es familiar pero que se me había olvidado "ocho, nueve, diez. ¡Undostres Nicolás!". No es justo, ¡no es justo! ¡Siempre a mí!

Tuesday, December 04, 2007

Northern lights

No existe tal cosa como el frío norte. El frío está tan adentro de mí que no creo que ese norte al que me dirijo pueda sorprenderme.

No imagino mejor hora para salir que la medianoche. El hecho de que solo haya un tren hacia Bødo a esta hora me da una sensación de seguridad, de que estoy haciendo lo correcto. La madrugada se me aparece como el momento más adecuado para empezar este viaje.

Comparto vagón con una desconocida, se sorprende al verme sentado en el catre cuando entra en la habitación del coche cama pero su mirada no desvela nada más. Quizá una mínima curiosidad, pero en ningún momento sonríe ni hace gesto de que vaya a tener intención de empezar una conversación. En cierto modo se lo agradezco, pero me invade una sensación de ridículo al darme cuenta de que yo sí he abierto la boca, he ladeado la cabeza y he esbozado una sonrisa para saludarla. Sin querer me siento rechazado y me enfado conmigo mismo por ser tan imbécil.

No quiero dormir y sigo sentado dejando que la oscuridad me acompañe. Mi otra acompañante tampoco duerme. Sin querer he pasado mucho rato observándola entre penumbras. Al principio ella no parecía estar interesada en mí, pero después de un par de horas finalmente sus ojos se han parado encima mío, como los míos en ella hace mucho tiempo. En ningún momento hemos hecho un gesto que nos acerque. Solo nos miramos y tengo la sensación que aunque no nos importamos, estamos aprendiendo sin querer el uno del otro.

Frío, recuerda el frío. En algún momento pierdo el foco, vuelvo a centrarme al ver que se está moviendo. Se levanta y se dirige a su mochila. Se coloca de espaldas a mí y empieza a buscar algo insistentemente, noto como se esfuerza en no sacar nada de la bolsa, me pregunto qué será eso que vale tanto la pena y qué será eso que quiere esconder. Por curiosidad, casi sin querer, intento mirar por encima de su hombro, quizá pueda averiguar más de ella por las cosas que guarda ahí dentro, los imprescindibles que lleva de viaje con ella, pero no lo consigo. Me descuido y pienso en mi mochila, en lo vacía que está, en todos los prescindibles que no cogí.
Finalmente parece encontrar lo que busca y, sin que pueda anticiparlo, se gira bruscamente hacia mí mirándome con fuerza, enseñándome el pequeño tesoro. Me desconcierta esta nueva intensidad que desprende, estoy mareado y no consigo ver qué me está ofreciendo. Insiste, me lo acerca a la cara como diciendo ¡mira! ¡Mira! Pasan unos segundos hasta que soy capaz de distinguirlo. En sus manos sostiene una vela. Cuando se da cuenta que empiezo a comprender, sonríe y se sienta en el suelo, colocándola en el centro del camarote. Por un segundo la nueva luz lo inunda todo, luego decae, pero en la oscuridad su recién estrenada fuerza me hace cerrar los ojos por el dolor y sólo oigo mis propios latidos.

Estoy solo, de pie, no reconozco dónde estoy. Mis pies se hunden en una masa carnosa. No consigo distinguir el suelo del techo. Me mareo, caigo. Sus manos me aguantan, ¿estamos flotando? Cara a cara, cogidos de las manos, danzamos sin mover los pies. La música se reduce a un tambor que nos viste, un ritmo suave y calmado. Intento hablar pero no soy capaz de emitir ningún sonido, ella me sonríe y me suelta. Vuelvo a caer, me recoge de nuevo mientras sonríe y yo no puedo hacer nada más que agradecérselo devolviéndole la sonrisa.
Seguimos danzando, no sé en que momento me he dado cuenta de que el frío ha desaparecido. Busco la vela y tampoco la encuentro. Solos ella y yo y el tambor. La luz es tenue y juguetona, se me pasa por la cabeza que quizá estemos bailando en la llama. Descarto la idea por estúpida, pero entonces ¿dónde estoy? Intento localizar el tambor pero no puedo. Me pierdo cada vez que aparto mi vista de sus ojos y cojo sus manos más fuerte, más fuerte, no quiero que me suelte, no quiero volver a caer y perder su sonrisa.

La sensación de bienestar es tan grande. Algo me dice que esto ha de acabar y dejo que me abrace y me susurre algo al oído, pero no sé qué me está diciendo, no consigo entender sus palabras, sólo el tambor. Me aparta dulcemente, intento leer sus labios, creo que me pide que me aguante sólo. Esta vez podrás. La llama en sus ojos y confío en mí. El calor me rodea y me aguanto en pie. De nuevo tengo la sensación de no tocar tierra, pero esta vez no me hundo. Intento descubrir de qué está hecho el suelo pero no consigo concentrar mis pensamientos en otra cosa que no sea en la sensación de bienestar y sus ojos. Esta vez su sonrisa es aún mayor y me inunda la misma sensación que tenía cuando era pequeño y recibía la aprobación de mi padre.

Estira los brazos y voy hacia ella. La cojo de la mano mientras sonrío y nos fundimos en un abrazo. El tambor se acelera y mi corazón también. Esta vez entiendo sus susurros mientras me pide que despierte.

La vela se ha consumido y es apenas una mancha en el suelo. Ella sigue sentada frente a mí, sonriendo como al principio y aunque sé que es consciente de lo que ha pasado no soy capaz de hablar abiertamente. Sus ojos se dan cuenta de lo que pienso y me responden con aprobación. Fuera cae la tarde. ¿Cuánto tiempo ha durado nuestro baile? ¿Importa? Me siento agotado, pero no quiero dormir. No debo, hay tantas cosas que debo saber. Tantas preguntas que debo hacerle.

Me despierta el tren al parar. Bødo. Me incorporo buscándola, pero no está. La mancha de cera en el suelo me asegura que no ha sido un sueño. Sin prisa recojo mis cosas y bajo del tren, el andén está vacío y caigo en la cuenta de que estoy solo de nuevo. Mi corazón se encoje. Respiro hondo y dejo que el frío y el aire lleno de nieve inunden mi pecho. Salgo de la estación y camino sin rumbo, buscando un café que me caliente. No me engaño, sé que estoy rastreando cada esquina creyendo verla aunque no tenga ya ninguna esperanza.
Es tarde, entro en el primer hotel que encuentro. El corazón me revienta cuando la veo. Usa la misma sonrisa que ya me he aprendido mientras me dice que me estaba esperando. Enciende una vela y me guía a mi cuarto.

Monday, November 26, 2007

El mar, el sol, la concha

Hoy me he perdido en una concha.

No habrían pasado más de dos minutos desde que había acabado el bocadillo cuando las olas han traido una concha a mis pies. La he dejado estar un rato mientras se decidía entre permanecer en la arena o volver al mar.
En nosotros suele ser habitual sentirse duras conchas y protegerse así del sol y del mar, en este caso ha sido ella la que ha decidido hacer de humano y sentarse a disfrutar del sol boca arriba.

Así de esta manera nos hemos quedado los dos tomando el sol pudiendo pasar uno de esos raros momentos en que el silencio entre desconocidos no es incómodo.

Sabiendo que no debía, cuando me he atrevido a mirarla el reflejo del sol en el nácar me ha cegado. Mis sentidos estaban inundados con tanta luz mientras el sol me golpeaba la cabeza y sólo he conseguido escapar a traves del ruido de las olas rompiendo unas con otras. Una vez he conseguido componerme, perdido en el blanco viendo la imposibilidad de trepar hasta el borde de la concha, he optado por dejarme resbalar hacia el centro cuando, sin importarle mi opinión, ha decidido regresar al mar. En su primer intento el golpe de una ola ha conseguido alejarnos de la orilla un par de metros pero la dureza del impacto ha sido suficiente como para hacer que volcaramos.

De la luz cegadora a la oscuridad ciega. Atrapado en el interior de la concha mi estado actual sólo me permitía escapar excavando un túnel bajo la arena, pero debía darme prisa antes de que otra ola consiguiera lo que la anterior no había podido. Después de arrastrarme hasta donde el borde de la concha besaba el suelo, he empezado a apartar la arena con mis manos. Daba gracias al cielo de que no estuviera muy húmeda y pudiera apartar los granos con cierta facilidad. Alocadamente, sería por el miedo o el ansia, he intentado abrirme paso sin pensar y cada vez que movía la arena la concha se hundía un poco más.
Respira hondo, calma, pensaba. Pero quizá eso fuera peor, la duda de si tendría una reserva de aire limitada me ha puesto aún más nervioso. Casi olvido que el mayor peligro venía por parte de las olas que se acercaban en ciclo. No conseguía recordar cuantas olas formaban un ciclo hasta que regresaba la primera. Pero, ¿sería la ola que nos volcó la mayor del ciclo?¿Llegaría alguna mayor en breve? El miedo me atenazaba, me imaginaba arrastrado mar a dentro surfeando la gran ola o cayendo en una inmensa batidora. Me sentía imbécil por dejarme controlar por pensamientos estúpidos.
Respira hondo (¿cuanto aire me queda? ¿Se filtrará el aire entre los granos de arena?). Calma.

Bajo la concha, el silencio. La oscuridad. La bocanada de aire tranquilizador. Luego el impacto.

La fuerza de la ola debe habernos separado lanzándome a la arena mientras la concha conseguía volver al mar. He tardado unos segundos en darme cuenta de que estaba vivo y poder volver hasta donde estaban mis cosas. Sin darme cuenta mis ojos brillaban con furia y he tenido que esconder una sonrisa malvada de satisfacción mientras me iba.

Tuesday, November 20, 2007

Una hora en la playa

Una hora en la playa en noviembre no basta. Da igual la hora. No basta. Esta vez no estoy preparado, mañana creo que tampoco lo estaré. Es diferente a la última vez que estuve aquí, aquello era final de verano y la casualidad quiere que de la bolsa salte una servilleta de papel del helado que comí aquel día. Las olas vienen y van y esta vez se han colado en mi mochila. Devuelvo la servilleta a la bolsa preguntándome cuándo decidirá volver a salir, sin saber qué hará de mientras ni dónde irá.

Mediodía y solamente una hora. No basta. Me veo entrando en el mar, repasando las olas mientras permito que me inunde el olor. Ahora, una hora después, recupero el aliento del mar entre mis manos. Una hora no basta para eliminarlo, estoy impregnado mientras me siento en la arena y muerdo una manzana que había elegido por su aroma y ahora ya no me sabe a nada más que a mar.

No me basta. Quiero más.